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           Si hubiese de buscarse un punto de referencia para vertebrar la biografía de Armando PalacioValdés –biografía, por otra parte, ajena a los grandes momentos y escasa en hechos significantes: exenta, pues, de peripecias y sobresaltos –, habría de ser necesariamente, y al margen de la fecha de publicación de sus novelas, el de sus cambios de residencia: Laviana, Avilés, Oviedo, Madrid; y una vez en Madrid, sus continuos viajes y su reencuentro, una y mil veces, con los lugares primigenios. Hay una especie de hálito errante que salpica las vivencias de Palacio Valdés, un retorno permanente, cíclico, que se traslada a sus obras y las impregna de un halo de ternura entre atávico y evocativo. A la vez, historia y añoranza, a un tiempo. Por eso sus recuerdos, más que destellos de la memoria y mucho más que zarpazos momentáneos al olvido, tienen casi siempre el sabor agridulce del retorno, esa afirmación permanente y sin reservas de la vida presente a través de las vivencias pasadas. Una simple ojeada a su Testamento literario, a La novela de un novelista, a la "Invocación" inicial de La aldea perdida o a cualquiera de los prólogos que antepuso a los distintos capítulos de sus Páginas escogidas bastará para confirmar esta impresión.
            Fue la suya una vida apacible y cómoda, que dedicó a la redacción de sus obras y a saborear las mieles de un éxito popular y un reconocimiento general que le llegó pronto y que pudo disfrutar en plenitud durante años. "Los altos poderes celestiales –escribió, ya en su vejez, en el Testamento literario– han permitido que mis días se deslizasen tranquilos, sin posturas heroicas ni graves contradicciones", permitiéndole alcanzar su ideal personal: "Vivir tranquilo, leer mucho, escribir de cuando en cuando lo que cruzaba por mi imaginación, tales han sido mis aspiraciones durante casi toda mi vida".
            Tan sólo algunos episodios familiares de especial pesadumbre, como veremos, vinieron a turbar este plácido devenir.
            Aunque Armando Palacio Valdés nació en Entralgo el 4 de octubre de 1853 –algunos pormenores y anécdotas de su nacimiento, así como la descripción de su casa natal y sus alrededores, serían recordados años después por el propio Palacio Valdés en La novela de un novelista (1921)–, a los seis meses de su nacimiento su familia hubo de volver a Avilés, donde su padre tenía diversos negocios, y allí permaneció Armando hasta los doce años, en que se traslada a Oviedo para cursar los estudios de bachillerato. "Esta noble ciudad de Oviedo, comparte con Avilés y Laviana mi niñez y llena mi juventud", escribiría, ya novelista, cuarenta años después.
            En Oviedo compartió aulas y entabló amistad con Leopoldo Alas, Clarín, y Tomás Tuero. Esta amistad se verá posteriormente reforzada en Madrid, a donde se desplaza Armando en 1870 para cursar la carrera de Leyes, y donde volverá a coincidir con los mencionados compañeros, en cuya compañía afiló las primeras armas literarias.
           Obtenida la licenciatura en 1874, llegó a desempeñar interinamente, durante algunos meses, la cátedra de Economía Política en la Escuela de Estudios Mercantiles de San Isidro y la cátedra de Derecho Civil de la Universidad de Oviedo, en la que sustituyó a Félix de Aramburu. Pero su vocación habría de orientarse definitivamente hacia la literatura, que lo había ganado para su causa en Madrid, donde había compartido pensión, proyectos e ilusiones con Alas, Tuero y Pío Rubín, y donde frecuentó algunas tertulias literarias, como las del Café Suizo y la de la Cervecería Escocesa. A esta ultima asistían, entre otros, Adolfo Posada, Eugenio Sellés, Sánchez Guerra y Mariano de Cavia, y por la ironía y mordacidad de que hacían gala y alarde sus miembros fue bautizada como "Bilis Club".
           Socio activo del Ateneo en la época en que fue presidente Cánovas del Castillo, contribuyó a formar en él, en compañía de otros jóvenes independientes, la tertulia de la "Cacharrería", que es todavía hoy uno de los activos de la institución. Poco a poco, en aquel viejo caserón de la calle Montera en que entonces se ubicaba el Ateneo, fue dejándose arrastrar hacia la vida literaria, a la que había accedido de refilón, y bajo seudónimo, a los quince años con un artículo publicado en un medio avilesino. Fundó con sus inseparables Tuero y Alas un semanario de corta existencia y hoy totalmente desaparecido, Rabagás, que el propio Palacio Valdés satirizaría años más tarde. Luego vinieron las colaboraciones periodísticas en El Cronista, La España Moderna, Revista de Asturias o Arte y Letras, entre otras publicaciones. Finalmente, los primeros libros
            Estos primeros libros fueron de crítica literaria. Los oradores del Ateneo y Los novelistas españoles, ambas de 1878,  y Nuevo viaje al Parnaso (1879) recogen algunos de sus artículos en la Revista Europea, de la que fue redactor y director. Asimismo La literatura en 1881, escrita en colaboración con Clarín, agrupa algunas críticas a las obras de teatro estrenadas aquel año.
           También en 1881, y “por un golpe de fortuna”, como recordará años más tarde, se publicó también su primera novela, El señorito Octavio, que está ambientada en su concejo natal de Laviana. A partir de esta obra  ya no abandonará la producción narrativa, salvo algunas incursiones, traspasada la frontera de los cincuenta años, en la autobiografía y la reflexión filosófica (La novela de un novelista, Papeles del Doctor Angélico, Album de un viejo...), más algunas colaboraciones periodísticas en El Imparcial sobre la contienda europea de 1914, que luego recogería en el volumen La guerra injusta (1917), así como, a partir de 1932, diversos artículos en el ABC madrileño.
            El 4 de octubre de 1883, el mismo día en que cumplía los treinta años, contrajo matrimonio en la iglesia de San Pedro, de Gijón, con Luisa Maximina Prendes Busto, joven gijonesa que murió prematuramente en la primavera de 1885, dejándole un hijo. Como homenaje a su memoria escribiría, años más tarde, Maximina (1887), novela en la que vierte todo su dolor por la muerte de su joven esposa. Mientras tanto ha publicado un ramillete de novelas –Marta y María, El cuarto poder, José...– a las que se unirán, en sólida cascada, un importante grupo de novelas –La fe, La espuma, El Maestrante, La alegría del capitán Ribot, La aldea perdida...– que le consolidarán en el panorama literario de su época como un narrador a la altura de las grandes figuras del momento: Galdós, Pereda, Varela, la Pardo Bazán...
           El 28 de febrero de 1906 falleció el novelista montañés José María de Pereda y, para sustituirle en Real Academia Española, fue elegido Palacio Valdés el 3 de mayo del mismo año, aunque no leería su discurso de ingreso hasta el 12 de diciembre de 1920. En torno a esta fecha, Palacio Valdés conoce los momentos más intensos de su gloria, pero también algunos momentos de especial amargura y dificultad.
           Fallecido Galdós en 1920, comienza a ser considerado el Patriarca de las Letras Españolas y le llueven los homenajes. Ya en 1906 le habían rendido uno muy caluroso los jóvenes universitarios de Oviedo, capitaneados, entre otros, por un jovencísimo Ramón Pérez de Ayala. En 1918, los avilesinos le rinden otro en un banquete en el Gran Hotel; y en 1920, nuevo homenaje en Avilés e inauguración del teatro de su nombre en la misma villa. Se le preparó otro homenaje en Valencia y diversos otros en Cap Breton (Landas francesas, donde veraneaba), Oviedo (1926) y en San Fernando, Cádiz y Jerez de la Frontera, en 1924, el mismo año en que fue elegido presidente del Ateneo de Madrid, aunque por muy breve tiempo. En 1935 la Asociación Nacional de Mujeres Españolas puso en marcha otro homenaje nacional consistente en la erección de "una estatua de la Hermana San Sulpicio y el retrato de su autor, el cual será pronto una realidad y un ornato en los bellos jardines de la capital de España", según consta en comunicación dirigida al Ayuntamiento de Laviana. Con dicho homenaje se pretendía reconocer sus méritos literarios, pero sobre todo destacar su postura a favor de la mujer mantenida en su conocido ensayo “El gobierno de las mujeres”.
           Fue por estas fechas también cuando, por dos veces, en 1927 y 1928, estuvo nominado para el Premio Nobel, sin que prosperara su candidatura. 
            La Guerra Civil sorprendió a Palacio Valdés en El Escorial. Se trasladó a Madrid inmediatamente y allí, tras meses de angustia y hambre, acabaría falleciendo el 29 de enero de 1938. En su casa de la calle Maldonado, 25, y en la tarde del lunes 7 de julio de 1941, se descubrió una lápida de mármol con medallón de bronce sobre el cual aparece de perfil el retrato del novelista, rodeado de laurel, con la inscripción: "A don Armando Palacio Valdés, la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. 4 de octubre de 1853–29 de enero de 1938."
            Tras su muerte, su fama y la suerte de sus libros comenzaron a oscurecerse. Después de unos primeros años en los que se pretendió utilizar su nombre para llenar el vacío producido por el exilio y la muerte de las grandes figuras literarias de la República, el brillo que le había acompañado desde sus comienzos comenzó a languidecer y, durante décadas, su nombre fue una cita escueta en el gran reparto de la narrativa del siglo XIX.
            “Hay mucho de óptica en literatura, como en todo. Cuando, dentro de treinta o cuarenta años, nos hallemos todos a igual distancia del público, me hago la ilusión de que mis obras no serán menos leídas que las de Galdós o Pereda. Y fundo esta ilusión en lo que me está pasando en el extranjero...”, le escribió el propio Palacio Valdés a Clarín en 1886; pero su ilusión no se tradujo en hechos, sino que la realidad, tan obstinada como inexorable, jugó su propia partida al margen de las ilusiones juveniles de un Armando Palacio Valdés de tan variada como mudable fortuna.