EL CORREO DE LLANES
En honor de Palacio Valdés
Hallábamonos hace pocos días varios amigos en la pintoresca playa de "La Franca", gratamente entretenidos admirando las montañas de blanca espuma que el impetuoso Cantábrico en su incesante vaiven eleva por encima de los parduscos y escarpados picos que diseminados por el antepuerto, semejan las artificales boyas que en los puertos comerciales sirven de guía á los marinos; cuando vimos llegar hacia nosostros un hombre de sencillo aspecto, y como álguien de los que allí estábamos lo conociera ya, de vista, hubo de exclamar lleno de entusiasmo ¡He ahí, señores, á nuestro gran literato, al insigne don Armando Palacio Valdés¡ Y como viniera en su compañía el joven D. Wenceslao Gómez, nos apresuramos á interrogarle y su contestación fué acordes con la exclamación del compañero amigo: efectivamente, el que en aquel momento honraba con su presencia la incomparable playa de "La Franca" era el concienzudo escritor asturiano don Armando Palacio Valdés.
Cuantos allí estábamos tuvimos el grande honor, de serle presentados por el indicado joven, y desde aquel momento y en fraternal consorcio pasamos alegremente la tarde, cuyas horas fueron para nosotros segundos.
El bueno de Wenceslao, obsequioso y atento en grado sumo, concebió y puso en nuestro conocimiento la idea de conmemorar con algun acto la visita del ilustre viajero á tan delicioso sitio, digno por muchos conceptos de ser visitado por cuantos sepan admirar las bellezas de la naturaleza en sus distintas fases.
Acordóse, pues, celebrar una comida; algo así como un pequeño banquete, exento de toda ostentación aparatosa, pero si lleno de admiración y afecto verdadero hacia el eximio escritor honra de Asturias; hacia el valiente campeón de las españolas letras; hacia el de modestia tal, que por lo grande, corre parejas con su talento; hácia el correctísimo, y aunque de sencillo porte, caballero don Armando Palacio Valdés...
Las 11 de la mañana serían ayer 12 del actual, cuando nos hallábamos reunidos en la arenosa playa.
Allí estaban además del imprescindible Wenceslao, el inteligente joven don Francisco Sanchez Villaverde y don Pedro Rodriguez: estos dos de Colombres como el primero de La Borbolla, y don Ramon del Rio, del pueblo de Noriega.
El señor don Eugenio Rubín que con los señores don Pio Linares, Don Eugenio, D. Cecilio, don Santos Fernández, don José Lizama, don José Porrero y don José F. Tano componían la colonia de Peñamellera.
Insensiblemente, é interin la hora de satisfacer el apetito, que el vientecillo marino haciendo veces de auxiliador eficaz, aumentaba, recorrimos toda la parte Este de la playa que la bajamar deja al descubierto, guiados por el Sr. Fernández(don Eugenio) que conocedor de las verdaderas maravillas que allí existen nos las mostraba á los menos prácticos y muy especialmente al señor Palacio Valdés, que de seguro pocas veces habrá tropezado acompañante ni mas atento ni mas incansable.
Alla, muy abajo, y en la rojiza arena, al pié de inaccesibles peñascos y á la boca de misteriosas cavernas, donde repercutia el eco del ronco rumor de las murmuradoras olas, improvisó la mesa el activo Aniceto, que, como siempre, superó á nuestros deseos presentando ante los ojos de nuestro vacío estómago, desde la rica paella de almejas y el dorado salmon, hasta las exquisitas ostras, y gran número de manjares que dejaron satisfecho nuestro natural deseo, y que de hallarse entre nosotros algun gloton, hubiera hecho sus delicias.
Amenizaban el acto la misteriosa canción del inmenso lago y las dulces notas del vocal instrumento de Candolías.
A la terraza, que sobre el malecon semimuelle, que la propietaria de la casa-tonada doña Ramona Milera mandó construir últimamente, regresamos á tomar café; café doblemente aromatizado con el perfumado ambiente marino y la fragancia de unas preciosas flores que la señora doña Mercedes Milera, esposa de don Jacinto del Rio, que en aquel momento llegaba, traia consigo; tiernos tallos que galantemente fueron invitados para adornar la mesa con su hermosura; que además presidia el genio del saber. Y este conjunto tan precioso ¿no era motivo suficiente para que la inteligencia mas obtusa se inspirase?...
Serian esto ú otros los motivos, cosa que no discuto, pero el caso fué que al terminar levantose el señor don Pio Linares y pronunció el siguiente inspirado brindis:
Brindo señores, y pido
Perdón por tanta osadía,
De que callarme debía
Ante autor tan distinguido
Pero, la ocasión es tal,
Que disculpa mi torpeza,
Tengo ante mi una grandeza
¡Una gloria naciona!
Novelador tan fecundo,
De tan raras concepciones
Que vuelan sus producciones
Del viejo hasta el nuevo mundo.
Honra del talento hispano
Que contemplamos aquí,
Yo brindo, señores, sí,
Por el Galdós asturiano.
Una vez iniciados los brindis, todos nos vimos obligados á echar nuestro cuarto á espadas, y por cierto que, sinó con elocuencia, por lo menos con sinceridad, y limítome á publicar los mas adecuados al caso, es decir, para la publicación, que son los de forma poética. Dijo don José Lizama:
Yo brindar ¿qué voy á hacer
Riendo mi impotencia suma,
Que sea digno de ser
Del gran autor de "La Espuma"
y de el de "El cuarto Poder?"
Y don Santos Fernandez Cué este otro:
Mi númen escaso es
Y en el brindar soy reacio,
salud deseo á Valdés
(don Armando de Palacio.)
Y por último, pronunció don José F. Tarno lo siguiente:
Brindo por el autor y el caballero
Que á honrarnos vino á nuestra popia tierra
Ya su fama en Asturias no se encierra:
Corre triunfante por el mundo entero
Como el mar manda al monte densa bruma
Y envia á la ribera blanco oleaje
De admiración tributo mi homnaje
Al escritor insigne de La Espuma.
Todos estos, así como los no publicados, fueron muy del agrado de los oyentes y muy especialmente del obsequiado, que solo veía en ellos el mejor deseo.
La bella señorita Teresa del Rio, fué atentamente invitada para que hablase y accediendo á nuestros deseos se dipuso á darnos muestra de su exquisito ingenio, y nos la dió efectivamente, pues aunque ruboroso carmín coloreó sus mejillas y no puedo pasar de la mitad del camino, dijo lo suficiente para enseñarnos el de esa gloria que encierra en su pecho, gloria que el angel que la habite será el mas afortunado entre los afortunados.
Cuanto dejo dicho, tiene el indiscutible mérito de la sinceridad, pues si algun valor literario pudiera tener, queda obscurecido con la primorosa carta-brindis que con verdadera emoción leyó Palacio Valdes; mas que carta, brillante broche con que cerró acto tan magnífico, conmoviendo nuestros corazones con los conceptos sublimes en ella expresados: Hela aquí:
Señores individuos de la colonia americana de Ribadedeva y Peñamellera:
"Amigos y señor mios: Ignoro si las leyes de la Economía política condena la emigración á América, aunque si conozco otra ley física llmada impenetrabilidad de los cuerpos, segun la cual, cuando en un sitio no cabemos todos precisa que alguno salga.
Al recorrer esta deliciosa comarca he podido convencerme de que en el resto de la provincia, y aun de la Península, no se aprecia bastante la suma de bienestar y de dicha que los emigrantes voluntarios aportan diariamente á nuestra patria. Acabo de visitar no pocos pueblos y caserios del oriente de Asturias, y en casi todos he observado testimonios de la eficacia bienhechora de eso que suele llamarse con cierto desde el oro de las Indias. Aquí este oro no ha levantado solamente soberbias mansiones que realzan los esplendores de la naturaleza; no solamente ha cruzado de caminos los valles y las montañas y hecho brotar el agua y con ella la abundancia en la estéril roca; ha efectuado algo mejor que eso. Bajo cómodos é higiénicos pabellones he visto lavando su ropa en los burgos mas remotos á las felices campesinas que antiguamente sucunbían á la acción de la intemperie: he visto legiones de niños entrar alegremente en escuelas tan amplias y bien dirigidas como pueden verse en ciudades opulentas, niños que en otro tiempo hubiesen tiritado de frio durante el invierno en los porticos de las iglesias: he visto asomados á las ventanas de suntuosos asilos ó paseando por sus jardines á muchos valetudinarios que iban á terminar antes sus míseros dias en la soledad de un camino ó entre las inmundicias de una cuadra. Por todas partes han herido mis ojos las huellas que la caridad de los indianos ha dejado en esta tierra. Brindo, pues, señores, por el oro bienhechor de las Indias.
Entre las infinitas injusticias que dariamente cometemos los hombres, me parece una de ellas dar en rostro á los emigrantes de América con su falta de instrucción. ¿Como si fuera punible que quien sale de su patria en los primeros años de la vida y en toda ella no cesa de luchar con las inclemencias de la naturaleza y las asechanzas de los hombres, tenga tiempo ni sosiego para dedicarse á cultivar las letras! El indiano ha tenido la abnegación de renunciar á los placeres que este cultivo engendra y á la estimación que proporciona en la sociedad; se ha privado de lo que todavía es mas dulce, las caricias de sus padres, la compañía de sus amigos, la grata perspectiva de la patria, y tras larga y ruda batalla en que la mayoría sucumbe, logra traer á España un puñado de oro. ¿Significa solamente este oro su propio reposo? No: significa también el de sus ancianos padres, el bienestar de sus deudos y convecinos, el pan de los menesterosos, la salvación de los enfermos y significa lo que es aun mas grande, el progreso de la patria. Si el indiano no ha podido hacerse sabio, prepara el sabio del porvenir, facilita medios á la nueva generación para elevar su nivel intelectual: uno solo de esta región ha fundado tres colegios.
Pero todavía encuentro que en tal acusación, á la vez que injusticia, existe inexactitud. Entre ustedes conozco personas que no cansadas de trabajar gran parte de su vida en América para adquirir algunos medios de fortuna, han emprendido noblemente en España la educación de su espíritu, logrando con su esfuerzo una cultura envidiable. A muchos, todavía en medio de las preocupaciones de los negocios, entre el fragor de las peripecias de la gran batalla, no os ha faltado tiempo para hojear los libros de los literatos españoles y os he oido hablar de ellos con conocimiento exacto de su valor.
Ese entusiasmo y amor á las letras españolas os ha arrrastrado sin duda á dedicarme tanta manifestación cariñosa, no el aprecio que puede inspiraros mi insignificante mérito. No por eso mi agradecimiento es menor. Silencioso y oscuramente vengo dedicando los dias de mi existencia al cultivo de la literatura.
Ninguna recompensa para mí más grata que el oiros asegurar que allá en las vastas soledades de la Nueva España, mis humildes producciones han endulzado vuestras horas de tristeza, os han hecho recordar las pintorescas y sencillas costumbres de la patria ausente, la belleza indescriptible de la región Cantábrica.
Aquí bajo estos grandiosos peñascos, al lado del mar rugiente que no habéis temido salvar, brindo con vosotros por la prosperidad y cultura de nuestra querida provincia y brindo también por nuestros hermanos de Ultramar que esperan con anhelo la hora de venir á derramar el producto de su trabajo sobre esta afortunada región.
Con tan gratas impresiones, emprendimos la marcha hácia la pintoresca posesión de El Espinoso, y, una vez allí, visitamos la magnífica y grande gruta natural de mas de quinientos metros de largo, gruta digna de extensa y detallada mención que la premura del tiempo me impide hacer ahora, y por que bien merece capítulo aparte la descripción de las preciosidades de aquell obscuro é inmenso laberinto.
Cansados de admirar tanta grandeza y ansiosos de aspirar el aire libre, salimos del subterraneo sudando la gota gorda, y despues de descansar un rato sobre el cesped, tomamos por asalto la histórica mansion señorial de doña Ramona Milera, mansión cuya puerta fué franqueada por don José Lizama que, llegado de LLanes aquel dia con el señor Palacio Valdés, era portador de la llave, que la siempre atenta doña Ramona le entregó con encargo de que hiciesemos lo que al final hicimos, haciendo uso de su buena recomendación, unos como queridos familiares otros, como doña Mercedes y familia, y otros como buenos.
Se bailó y se escanció algo de lo reservado para los amigos, y así terminó fiesta tan agradable á la cual, y particularmente al último acto, contribuyeron á dar mas realce varias jóvenes bañistas, que agregadas, con mucho gusto por nuestra parte, subieron hasta El Espinoso.
Declinaba el sol en occidente; acercabase la noche con su negro manto y antes que su lobreguez obscureciése el precioso dia que tan agradablemente pasaramos, despedimosnos del buen don Armando Palacio Valdés, no sin recordarle la promesa que nos tiene hecha de visitarnos en el próximo ó próximos años y.... cada mochuelo á su olivo.