LA NUEVA ESPAŅA DIGITAL - ASTURIAS
Tres versiones de «La aldea perdida»
Casi al mismo tiempo me llegan tres versiones en formatos distintos de «La aldea perdida», lo que demuestra la vitalidad de la novela de don Armando Palacio Valdés, que si a comienzos del siglo XX era considerada como «novela reaccionaria» (por oponer un idílico mundo pastoril en el que no había ecos, por ejemplo, de las hambrunas de la segunda mitad del siglo XIX, al tenebroso y violento de la primera industrialización), hoy puede ser tenida, quizás exagerando, por «novela ecologista», con lo que «los extremeños se tocan», que diría Muñoz Seca, porque el ecologismo hosco, tan distinto del amor hacia la naturaleza manifestado por Palacio Valdés, es en la actualidad el gran refugio del anacrónico progresismo de antaño.
Aparecen, pues, tres formatos de «La aldea perdida»: dibujada, esto es, en formato de cómic, como le dicen los que están al día, aunque yo prefiero escribir tebeo; en verso, fruto de la fácil versificación del amigo Efrain Canella, y una nueva edición de la novela, en esta ocasión al cuidado del especialista Francisco Trinidad. Vayamos, por tanto, por partes.
«La aldea perdida» -con guión y dibujos de Isaac M. del Rivero, hijo del gran Isaac Rivero, del que recuerdo las viñetas poderosas y elocuentes del western titulado «Squaw's Mann», que se publicaba en las páginas dominicales de LA NUEVA ESPAÑA de los años cincuenta- es una historieta de gran belleza plástica que pretende reflejar el mundo de la novela, y en la que los aldeanos aparecen dibujados con disfraz de señoritos llaniscos. Aparte sus valores artísticos indiscutibles y de gran belleza (como los planos generales paisajísticos, la presencia de la lluvia o el paso de las estaciones; en cambio, a Palacio Valdés, integrado al comienzo y al final, se le dibuja de manera envarada), este «tebeo» puede animar a la gente joven a que lea la novela. Yo recuerdo haberme formado como lector leyendo tebeos, y algunos permanecen en mi memoria, como las adaptaciones de algunas novelas de Walter Scott o de las «Historias extraordinarias» («El escarabajo de oro», «El corazón delator», «El barril de amontillado»...) de Edgar Allan Poe, dos autores a los que no he dejado de acudir desde entonces.
Por su parte, Efrain Canella nos ofrece «La aldea perdida transcrita en décimas», publicada por el Ayuntamiento de Laviana; esto demuestra que las posibilidades de la novela de Palacio Valdés son casi inagotables y que esta obra lo aguanta todo. En el epílogo, Francisco Trinidad señala que las adaptaciones y nuevas versiones de ciertas obras literarias subrayan su éxito; tal es el caso de «La aldea perdida», de la que José Luis Sáenz de Heredia hizo una versión cinematográfica titulada «Las aguas bajan turbias» y de la que el grupo «Kumen» realizó una adaptación teatral. Por otra parte, las esforzadas adaptaciones de obras muy conocidas al verso, como la Biblia o «El Quijote», han pasado incluso al lenguaje popular; tal es el caso de la expresión «la Biblia en verso» para indicar algo extravagante o desmesurado; y desmesuradas suelen ser esas versiones, pues José María Carulla llenó treinta y siete volúmenes sólo con el Génesis, el Éxodo y los libros de Tobías y Judit, y Enrique del Pino rimó «El Quijote» en 62.100 versos, lo que no está nada mal. Por fortuna, la versión de Efrain Canella de «La aldea perdida» es más contenida y sintética. Canella, por otra parte, es poeta de verso fácil y postura sentimental ante el familiar paisaje de Laviana. Empieza con entonación elocuente («Dejó el Nalón la atormentada roca / de su nativa fuente entre la niebla») y termina nostálgico («Así han pasado los años / borrando del pizarrón / los sueños del corazón...»). En ocasiones, los versos, sobre todo cuando son sentenciosos, suenan a «Martín Fierro», o eso me parece a mí, pero no debe achacarse a impericia del poeta, sino al soniquete del octosílabo. Al concentrar en no muchos versos una novela de cierta extensión, el poeta no se permite florituras ni circunloquios, sino que se centra en la narración escueta, aunque sea ayudándose del ripio; y pese a que algunas soluciones resultan decididamente desafortunadas (por ejemplo, la décima 261), el conjunto es, en general, digno. Mayor enjundia poética ofrece el preámbulo (titulado, asimismo, «La aldea perdida»), donde el poeta resume la novela de Palacio Valdés y su propio test, concluyendo con dos versos elegíacos: «¡Y así la Arcadia se borró en Laviana! / ¡Ay, desde entonces se perdió la aldea!».
En fin, la edición de la novela debida a Francisco Trinidad se atiene a las anteriores obras de Palacio Valdés editadas por el Ayuntamiento de Laviana, y reproduce la primera edición de 1903, en la imprenta de los hijos de M. G. Hernández, de Madrid, «con la pertinente modernización ortográfica». En el prólogo, Trinidad ofrece una rápida síntesis de la época en la que se desarrolla, examina su urdiente ideológica y analiza sus aspectos literarios; sería cuestión para discutir la objetividad de Palacio Valdés, ya que, como el propio Trinidad señala, la novela «nace de un especial estado de ánimo, el que produce en su autor la irrupción de la minería en el ámbito de Laviana», con la que no parece mostrarse don Armando muy conforme. No me parece que sea, en modo alguno, una «novela-poema», por mucho que su autor lo declare y a pesar de la invocación previa, de estilo hinchado, que sobra, como sobra la broma de señorito ilustrado de comparar las cuitas de Nolo con la cólera de Aquiles, que me recuerda la objeción humorística que Menéndez Pelayo le hace a los versos de Antón de Marrirreguera. Sin embargo, salvado el levísimo escollo de estas pretenciosidades o pedanterías, cuando don Armando se deja de dibujos y la novela avanza, nuevamente se lee con agrado, porque se trata de una de las mejores novelas de su autor, y éste es un narrador excelente, de prosa amena y fluida, al servicio de la narración.