LA NUEVA ESPAÑA DIGITAL - OPINIÓN

¿Era Palacio Valdés machista?

(Campal Fernández, Jose Luis)

Ampliando lo apuntado la semana anterior, debo decir que, tras una lectura atenta de «El gobierno de las mujeres» (1931), podría pensarse que quizá Palacio Valdés fue, en el fondo, como la mayoría de los hombres de su generación, una persona aquejada del mal de la misoginia y el machismo.

La mentalidad conservadora del escritor lavianés le impide sopesar la posibilidad de que la mujer se desprenda del sambenito de la domesticidad a que la recluía la concepción de la misma como «ángel del hogar», noción de la que el narrador participa, pues declara, sin pestañear, que «el primer cuidado de toda mujer que merezca este nombre es el de establecer el orden y decoro de su casa» (p. 45). Más adelante añade, y sin hacer excepciones de ninguna clase, que «es un rasgo común a todas las mujeres la defensa obstinada, irreductible, del hogar y su propiedad» (p. 150). No deja de ser sinuosa la equiparación que, una vez tras otra, hace Palacio Valdés entre el gobierno de la casa familiar y el de los imperios o países, llegando a imponerse la creencia de que, si en la primera triunfa, no está llamada al fracaso en lo segundo, lo que no puedo juzgar más que como una consecuencia traída por los pelos y que rinde pleitesía a un emplazamiento del rol femenino en la privacidad, en la intimidad, en lo que se esconde para que no compita con la actividad pública masculina.

Aunque el escritor nos presenta a reinas y zarinas como seres volubles y de convulsas vidas sentimentales, las retrata, y ello hay que tomarlo como uno de los aciertos del autor, como personas que no confunden biografía personal con gestión política. Palacio Valdés contrapone, hasta el cansancio, la conducta sexual de las gobernantes a su comportamiento regente, con el objetivo de redimensionar este último y censurar puritanamente la primera. Sobre Catalina de Rusia exclama que sufría de «impudicia escandalosa» (p. 125) y que, si «como mujer fue una pecadora, como monarca [resultó] impecable» (p. 147).

Palacio Valdés no apuesta por que la mujer pudiera salir bien librada en las parcelas humanísticas, pero, paradójicamente, alaba del reinado de Isabel I de Castilla, el «impulso generoso [que] dio a las letras, las ciencias y la educación» (p. 51). Todo lo cual no es óbice para que, nada más elogiarla, le atribuya el baldón de haber expulsado de España a los judíos. Este modo de proceder a la hora de distribuir virtudes y contrarrestarlas con objeciones será táctica habitual en «El gobierno de las mujeres».

Hay en esta obra una singular masculinización de las acciones femeninas, que tendrá un referente claro en el dibujo de Isabel I de Inglaterra, y que no dejará de transparentarse en muchos otros momentos del libro, como al describir a Catalina de Rusia como «niña con juicio de hombre maduro y sesudo» (p. 128). No se queda en esta desposesión de la capacidad de raciocinio la alusión a la falta de seso y de disquisición en la mujer gobernante, puesto que, al hablar de la reina inglesa Isabel I, añade otros elementos que no hacen sino reblandecer y aminorar el rango de la mujer como ejecutora de poder. Escribe Palacio Valdés que descollaba en ella la «modestia, candidez y piedad» (p. 83), aspectos que apuntan a la debilidad psicológica y que no favorecen el sostenimiento férreo de unas posturas políticas eficaces en tiempos conflictivos. Esta hipotética humildad en la mujer es posteriormente rebatida al recubrirla el autor de cierta petulancia al tratar sobre la emperatriz Catalina II, de la que nos informa de que, «al revés de lo que acaece con la mayoría de las mujeres instruidas, no daba importancia alguna a sus conocimientos» (p. 143), es decir, las mujeres cultas no sólo no son modestas, sino que hacen ostentación de su formación. Y por si alguien dudara de sus aserciones, vuelve, páginas más adelante, a insistir en ello, definiendo a las mujeres como «seres caprichosos y fantásticos» (p. 119).

A la sagacidad natural, que instala en las mandatarias, al detenerse en María de Molina le suma nuevas virtudes de cariz feminizante como «la paciencia, la nobleza y la abnegación» (p. 76), unas señas positivizadoras que no van a reprimir al escritor asturiano a la hora de asignarle a esta reina castellana una ¿cualidad? poco reconfortante, como será la del fingimiento, que en otro lugar llama habilidad diplomática, consistente en adaptarse camaleónicamente a las situaciones, de forma que Catalina de Rusia, dice Palacio Valdés, «cuando se necesitaba amenazar, amenazaba, [y] cuando se necesitaba lisonjear, lisonjeaba» (p. 139). El autor no hace así, me parece, más que ensombrecer la integridad ética de la gobernante.

El eventual historiador Palacio Valdés insiste en estas biografías en unos aspectos que estimo más religiosos que determinantes desde el punto de vista de una óptima gobernación, y no son otros que los de la compasión y la caridad. A María de Molina la coloca llevando a cabo labores de sanitario humanitarismo, de forma que leemos: «Cuando el hambre y la peste, como resultado de tanta guerra intestina, invadieron el reino de Castilla, viose a esta ilustre señora correr de ciudad en ciudad sin perdonar fatiga alguna, llevando por sí misma pan a los pobres, remedios a los enfermos, consuelo a todos» (p. 78). En el capítulo dedicado a Isabel I de Castilla, proclama que las mujeres «nunca pierden la creencia» en Dios, ya que éste es la fuente de la justicia (p. 84). Para el novelista, por lo tanto, la política se concentraría en la administración de justicia y ésta manaría de un caño divino cuya suprema centinela sería la mujer, que, si no deseaba ser castigada, no podría sustraerse a ser portadora de virtudes de engarce teologal, como advertimos en un fragmento como aquel que Palacio Valdés remata con un corolario de honor castrense: «La mujer trae del cielo la consigna de la misericordia. Cuando falta a ella, debe ser fusilada por la espalda como soldado traidor» (p. 118). El escritor concibe a las mujeres que han ejercido el poder como heraldos y portadoras de santidad, pues declara que todas ellas «se han creído seres sagrados, intangibles; todas se han juzgado siempre de derecho divino» (p. 150). Para Palacio Valdés, el carácter compulsivo no era compatible con la implacabilidad en el ejercicio del poder. Si al referirse a la reina francesa María Teresa de Austria se había formulado la pregunta retórica: «¿Qué mujer no es [autoritaria]?» (p.160), antes le había reprochado a Isabel I de Inglaterra que se hubiera conducido «sin piedad como los hombres» (p. 92). Los bandazos del escritor son notables y aquello que veta en unas reinas luego lo enaltece en otras.

Los juicios vertidos por Armando Palacio Valdés a propósito de cómo se desenvolvieron en las altas esferas las gobernantes no resultan, vistos ahora, ni macerados en la reflexividad que impondría el contexto espacio-temporal en que el libro se publica, ni creemos que se encuentren al nivel de la época en que fueron pergeñados por un autor septuagenario de ideas esclerotizadas en lo que atañe al igualitarismo social. Es lo que ocurre cuando los fabuladores se olvidan del territorio que les es propio y prueban suerte en otras parcelas sin la debida preparación. Yerran.