LA NUEVA ESPAÑA DIGITAL - OPINIÓN
El singular «feminismo» de Palacio Valdés
(Campal Fernández, Jose Luis)
El narrador lavianés Armando Palacio Valdés (1853-1938) gozó fama de escritor atento al universo femenino, presunto favoritismo que refrendarían, al decir de sus biógrafos y panegiristas, las tipologías de género que el autor intentó recoger, con resultados desiguales, en algunas de sus piezas más celebradas («Marta y María» o «La Hermana San Sulpicio» pueden ser calas felices al lado de despropósitos del calibre de «Santa Rogelia»); así como la cantidad de mujeres de carne y hueso de clase media y alta que en la recta final de su vida le manifestaron públicamente a Palacio Valdés sus simpatías promoviéndole homenajes y expandiendo la especie de que el lavianés había sido un habilidoso constructor de psicologías femeninas en su copiosa producción.
A refrendar tal presuposición cooperaría el propio agasajado, que no eludía ninguno de esos espontáneos tributos bienintencionados, al dar a las prensas en 1931 la que sería su única obra de voluntad ensayística, que tituló «El gobierno de las mujeres», y que acaba de reeditar el Ayuntamiento de Laviana a través del centro de interpretación del escritor, sito en Entralgo, y con la subvención del Instituto Asturiano de la Mujer, algo que a más de uno/a dejará con cara de póquer y preguntándose si alguien en el Gobierno del Principado se ha preocupado verdaderamente de hacer una lectura seria de este curioso monumento a la misoginia enmascarado como defensa de ciertas gobernantes.
En este libro, Palacio Valdés reunió una serie de trabajos de factura más periodística que científica sobre una docena de zarinas y reinas europeas de los cinco siglos precedentes. A través de un recorrido biográfico sobre sus atribuladas experiencias dirigentes, Palacio Valdés trata de postularse como analista perspicaz que se distancia de la pléyade de historiadores varones que, según él, no han sido capaces de detectar las virtudes femeninas que su «fino olfato» sí ha percibido. El literato quiere imprimir a este libro ramalazos prefeministas, algo que, sintiéndolo mucho, no nos revela una lectura desapasionada y neutra de las páginas que su responsable subtituló, grandilocuentemente, «Ensayo histórico de política femenina». Y digo grandilocuentemente porque, primero, sus capítulos no tienen las costuras de un ensayo riguroso, ya que no pasan de ser un anacrónico collar de livianas observaciones, más de una vez descuidadas y en muchos momentos contradictorias; y en segundo lugar porque la cuña «política femenina» no llega a reivindicarse de una forma inequívoca, como cabría deducirse de la síntesis que el autor nos comunica ya en el prólogo al afirmar que «las mujeres han llenado su cometido con mayor acierto que los hombres» (p. 41).
Semejante empeño de reubicar el más apto carácter gobernante de la mujer frente al de los hombres queda devaluado en «El gobierno de las mujeres» por los constantes obstáculos que Palacio Valdés va poniéndole a su proyecto. Se hace preciso apuntar, por otro lado, que el presumible «buen ojo crítico» en materia literaria y femenina del autor realista ya había quedado patente, por ejemplo, en la deficiente opinión que le inspiraba el excelente quehacer de la condesa de Pardo Bazán, mientras que, a la inversa, se deshacía en elogios al referirse a una escritora mediocre como lo fue la poetisa Carmen de Salazar, afortunadamente hoy en el más justo y hondo de los olvidos.
En «El gobierno de las mujeres» Palacio Valdés se arroga el mérito de poner en valor las facultades de la mujer para regir naciones, aunque el colmo de la incongruencia lo hallamos en la conclusión que coloca al final de su exposición, y en la que el lavianés no tiene empacho en proclamar que nunca serán patrimonio de las féminas «la investigación de la verdad, el cultivo de la belleza, el dominio de la naturaleza física, esto es, las ciencias, las artes y la industria» (p. 205). Al eliminar, sin mínima justificación, de la práctica política tales áreas de conocimiento y expresión, el apabullado autor está mutilando los pilares de la misma y, de paso, negando a las mujeres su idoneidad para la administración pública, que curiosamente confesaba que era lo que le había animado a redactar este libro, que no se podrá por menos que calificar como obrita tendenciosa. A Palacio Valdés su tiempo lo adelantaba por la derecha y por la izquierda, sin que él se diera por enterado.
No satisfecho con difundir esa, a su libre entender, deficiencia de la mujer para la vertiente artística, la desarrolla, pongo por caso, cuando estudia a mano alzada lo realizado por Isabel I de Inglaterra. La moteja de «gallina cacareadora» en literatura, que «traduce (...) mal» a Séneca, aunque «sabría latín» y «leía a los clásicos», a pesar de todo lo cual no le era dado, sentencia Palacio Valdés, aspirar al estatus de los «genios creadores» (p. 88). La misoginia palaciovaldesana, que niega intelectualmente el pan y la sal a las mujeres, no dejará de abonarse en diversas partes de «El gobierno de las mujeres» con perlas cultivadas como la que le endilga al lector desprevenido en el apartado dedicado a la reina Cristina de Suecia, al proferir que «la mujer no es un ser imaginativo» (p. 113).
Resulta tanto más grave para la credibilidad e «imparcialidad» de Palacio Valdés el que esa ineptitud para entregarse a las bellas artes no se la cargue en su «debe» a cuantos se ocupan de gobernar las naciones (hombres y mujeres), sino sólo a las mujeres y no únicamente a las que ocupan las altas instancias del poder, con lo cual su miopía se agiganta y su verdadera intencionalidad queda desenmascarada. Veíamos líneas arriba cómo el novelista asturiano le concedía a Isabel I de Inglaterra la facultad de profundizar en la esencia de los autores clásicos, pero al abordar el caso de Catalina de Rusia, por el contrario, nos la presenta corrompida por la lectura de Rousseau, Diderot o Voltaire, filósofos -considera Palacio Valdés con errados prejuicios- que transmiten «ideas subversivas» (p. 129) para las mentes no preparadas, por lo que parece sugerirnos que una mano protectora debiera habérselos evitado a la zarina rusa alejándolos de su vista. Con tal insinuación, el escritor no hace más que rubricar una obscena supeditación de la mujer al varón, como si los hombres, en virtud de una superioridad aceptada de antemano como exclusiva suya, estuvieran blindados ante un «pernicioso» influjo foráneo que el talante femenino fuera incapaz de detectar y repeler. Eso no es más que una ridícula óptica antiliberal y moralizante de la cultura, una directriz virilizadora que no puede más que infundirnos lástima.
Éste es el singular «feminismo» de don Armando, con cuyos conceptos no creo que, hoy en día, casi nadie comulgue.