LA NUEVA ESPAÑA - OPINIÓN
Marcos del Torniello y José Manuel Pedregal
JOSÉ LUIS CAMPAL FERNÁNDEZ
El poeta festivo Marcos del Torniello (1853-1938) escribió versos a manos llenas, pero de su frondosa producción en bable, como de la del mierense Teodoro Cuesta, apenas conocemos una pequeña porción, representativa sí, pero insuficiente. A la copiosa creatividad del autor de «Tambor y gaita» (1905) y «Orbayos de la quintana» (1926) dedicaré algunas glosas, sin atosigar pero tampoco sin dilatar la comparecencia del más famoso vate que dio Avilés en la primera mitad del siglo XX.
Por empezar por algún sitio, lo haré hoy con la participación que tuvo Marcos del Torniello en un banquete de homenaje ofrendado a
José Manuel Pedregal y Sánchez Calvo (1871-1948), perteneciente al Partido Reformista de Melquíades Álvarez y que ocupó escaño de diputado en las Cortes al ser elegido para tal plaza por la circunscripción de Avilés. Pedregal era político por ascendencia familiar, pues su padre fue el republicano Manuel Pedregal y Cañedo, que desempeñó la cartera de Hacienda en el Gobierno de Castelar. Como su progenitor, también Pedregal y Sánchez Calvo sería ministro de Hacienda y, al instaurarse la II República, accedió a la presidencia del Consejo de Estado. La estirpe política no finalizó con él, pues su hijo Manuel Pedregal Fernández recogió la antorcha paterna y llegó al Congreso de los Diputados en las elecciones de 1933.
Cuando Avilés le rinde honores a José Manuel Pedregal corre el mes de agosto de 1923 y España vive las semanas previas al pronunciamiento militar del capitán general Miguel Primo de Rivera, que tuvo lugar en septiembre de ese año, y durante el cual el político ovetense se alejó de la arena política, al oponerse frontalmente al modo de actuar, antidemocrático y avasallador, del directorio, coloquialmente conocido como la «dictablanda», por oposición a la dictadura que vendría después de 1939. Ese comportamiento de Pedregal no le facilitó salvoconducto alguno cuando estalló la Revolución de Octubre de 1934 ni impidió que a éste le prendieran los obreros levantados en armas contra el Gobierno central y que, durante casi dos semanas, estuviera retenido en la Fábrica de Armas de Trubia.
El homenaje a Pedregal reunió a 350 comensales en el Gran Hotel en torno a un menú que ejemplificaba los lujos y exquisiteces de la ocasión. Constó el mismo de entremeses preparados por los cocineros del famoso establecimiento avilesino, seguidos de huevos a la portuguesa, langosta a la rusa, centros de solomillo mechado a la Godard, pollos asados al horno, patatas y, de postre, helado de frutas Montmorency, Pithiviers hojaldrado y canastillas de frutas. Los caldos y bebidas que regaron tales esplendideces no se quedaron a la zaga: desde vinos tintos y blancos de Bodegas Bilbaínas, López Heredia, Federico Paternina y Rioja Alta hasta champanes Moët et Chandon, Pommery et Greno o Veuve Cliquet y como licores hubo botellas de Anís del Mono, Benedictine, Domecq y Chartreusse.
En la fase de las intervenciones posteriores al almuerzo se recordó «la ecuanimidad, justicia, recto y austero proceder» de Pedregal, que, decía el director de «La Voz de Avilés», tiene para todos «abiertas las puertas» y con todos demuestra «su probada servicialidad». La composición que Marcos del Torniello leyó entonces se titulaba «Forgaxes de pino verde». En ella, tras una estrofa inicial en la que trata de captar la atención del auditorio con el recurso clásico de hacerse él de menos para enaltecer al protagonista de su elogio, pasa a realizar la alabanza del político que concita toda clase de parabienes: «Porqu'entre homes güenos, / cuando la fabaraca sube al roxo, / el que más y el que menos, / al apertar el cincho si anda floxo /, tien que char una firma nel Rexistro / de dar los ijujús al ex Ministro». Y se dirige a él caracterizándole como hombre diplomático: «Soi per sincero / verídico testigo / de que ye Pedregal un caballero, / que siempre aprovechó les ocasiones / brindándome alabances y atenciones». Sin embargo, deja claro que no se ha aprovechado de su privilegiada relación con el diputado para sacar tajada, pues no pone en duda su generosidad: «Non i pedí mercedes / ni en particular ni oficialmente / pa colam'en sos redes, / sabiendo cómo ye de complaciente; / pero toi pa xurar que les lograra / si nel so picaporte repicara». Y trae a escena el caso de cofradías avilesinas «que i canten letaníes / cada vez que yos echa la gabita, / unviando sin parar miles de riales / de los propios arcones nacionales».
La presencia en carne y hueso del benefactor en Avilés tenía que servir para que se le hiciera patente, escribe Marcos del Torniello en su poesía de circunstancias, «l'afeuto verdadero / que se i quier ofrendar en homenaxe / fundiendo los amantes corazones / en uno colosal en dimensiones». Pide que se aúpe a Pedregal a los más elevados lugares: «Hay que coyelo en brazos / y emburrialo pa riba con fortuna / por piernes y costazos, / pa sentalo nos cuernos de la lluna, / y ver al resplandor, próximo el día, / llena de trasatlánticos la Ría».
Su ofrenda concluye con un cuádruple brindis donde tienen cabida el homenajeado, los periódicos locales, la estirpe asturiana y la propia villa de Avilés: «Brindo por Pedregal una cachada / y un ramiquín de flores / que les coyí pa él pe la orbayada; / y brindo por la prens'avilesina / que ye güena pa mí y amorosina. / Brindo por los astures / de au quiera que cadún fincás el ñero, / porque non hay deyures / otros homes así nel mundo entero; / y agora, col sudor de coruxía, / brindo por Avilés la patria mía».
El punto final lo reserva, curiosamente, para darle las gracias a Palacio Valdés, de quien partió la iniciativa de publicar un conjunto de poesías de Marcos del Torniello por suscripción popular, propuesta que cosechó una acogida multitudinaria y cuyas aportaciones económicas, con nombres y apellidos, fue haciendo públicas periódicamente la prensa avilesina, poniendo de manifiesto hasta qué punto conectaba el poeta con los gustos de las gentes, tanto las sencillas como aquellas otras más ilustradas. Así daba las gracias el poeta al novelista: «Y brindo, p'acabar, por un ausente, / gloria mundial, orgullo de asturianos, / de caridad ardiente, / que llam'al corazón de mios paisanos... / que en honra y favor de un probe vieyo / repica les campanes a conceyo».