OPINIÓN

Cartas de gratitud de Armando Palacio Valdés

JOSÉ LUIS CAMPAL FERNÁNDEZ

El pasado jueves tuvo lugar la puesta de largo, en el palacio de Valdecarzana, de un libro colectivo auspiciado por la Sociedad Económica de Amigos del País de Avilés y Comarca y titulado «Ciclo de conferencias sobre Armando Palacio Valdés». En él se reúnen, íntegras y en algún caso ampliadas respecto a la versión hablada, las conferencias que, del 6 de marzo al 10 de abril de 2006, seis investigadores actuales de la producción literaria del hijo adoptivo de Avilés y aclamado novelista en su tiempo (hoy muchísimo menos) pronunciaron en los mismos salones que sirvieron hace una semana para presentar la iniciativa editorial.

La querencia avilesina de Palacio Valdés está fuera de toda duda: aquí vivió su infancia (etapa vital que deja un poso como ninguna otra) y aquí reposan sus restos por voluntad propia; en la Villa del Adelantado situó dos de sus mejores, si no las mejores, novelas («Marta y María» y «El cuarto poder»), y Avilés le consagró en 1920 un magnífico coliseo que hoy, restaurado, es referencia inexcusable de la vida cultural de la ciudad. Los fastos de la inauguración del teatro fueron, a la vez, un extraordinario homenaje a su antiguo convecino y la repercusión que tuvieron desbordó todas las previsiones: el acto finalizó a la una de la madrugada y, como recogía la prensa local al día siguiente, «superó con brillantez a cuantos hasta ahora se habían celebrado». A tales muestras habría que añadir alguna más, como el hecho de que, cuando Palacio Valdés ya había casi renunciado a veranear en su concejo natal de Laviana -debido a su avanzada edad y a las agrias comunicaciones terrestres existentes para acceder al municipio minero del Nalón-, siguió haciéndolo, no obstante, en Avilés, ya que en su Nieva literaria, por ejemplo, estuvo la segunda quincena de junio de 1923, como puede leerse en un suelto de «La Voz de Avilés» del 3 de julio de ese año, en el que se informa de que, «después de pasar quince días entre nosotros, ayer han salido para su casa de Cap Breton (Francia) el ilustre novelista don Armando Palacio Valdés y su señora esposa, acudiendo a la estación a despedirlos gran número de amigos y admiradores». Quizá no haga falta tampoco recordar que al chalé -hoy derruido tras ser comprado en su momento por un periodista suizo- que el escritor adquirió en esa villa de las Landas francesas lo bautizó como «Marta y María». En otro orden de cosas, Avilés siempre se interesó mucho por la carrera profesional de Palacio Valdés, lo que explica que, a la altura del 19 de junio de 1890, dos años después de la aparición de «El cuarto poder», el rotativo «El Diario de Avilés» se haga eco de una noticia en la que se da cuenta de que el escritor asturiano «acaba de recibir una invitación honrosa para su nombre y el de España». Tal honor lo explicaba dicho periódico con todo pormenor: «Una sociedad de literatos establecida en Chicago (EE UU) piensa celebrar la exposición universal, que se ha de efectuar en aquella ciudad en 1892, coleccionando en un libro novelas cortas, poemas, artículos históricos y diversos trabajos literarios debidos a los autores más ilustres del mundo», escritos que se publicarían en inglés y en la lengua materna del escritor seleccionado y que conformarían un producto que se quería que fuese «lo más perfecto, suntuoso y elegante que se haya hecho hasta ahora en tipografía». El proyecto para el que sus organizadores recurrieron a Palacio Valdés era, por lo que se ve, una empresa de altos vuelos, ya que para la misma se solicitó, igualmente, el concurso de «todas las naciones de Europa, del Japón, China, Turkestán, Persia, Groenlandia, India y otros países».

Avilés agasajó a Palacio Valdés en varias ocasiones, pero fue, sin duda, la más lucida la del 9 de agosto de 1920, cuando se inauguró el teatro que lleva su nombre y las más altas instancias del Gobierno, representadas por el ministro de Instrucción Pública, aprovecharon tal circunstancia para imponerle la Gran Cruz de Alfonso XII. Con ese reconocimiento, el maduro narrador disfrutó en grado sumo, como lo atestiguan dos muy poco conocidas cartas suyas que dirigió al periodista avilesino -una desgraciada víctima más de la guerra civil, ya que fue fusilado en 1936- Julián Orbón, a la sazón director del semanario «El Progreso de Asturias», alentador del homenaje, y al que Palacio Valdés le prologaría en 1935 su libro «Patriotismo y ciudadanía».

En una carta del día primero de junio de 1920, Palacio Valdés le confiesa a Orbón que «la idea fundamental del homenaje me confunde y avergüenza, pues no hay motivo para él», aunque, a renglón seguido, reconoce que el trabajo previo desarrollado por Orbón «me parece admirablemente pensado», considerando irónicamente sus pretensiones como «ideas diabólicas». El escritor se siente halagado y alaba la capacidad organizativa del periodista: «Me parece que si usted se empeñase sería capaz de traer al Rey de Inglaterra para apretarme la pantorrilla con la "jarretera" y al de Siam con el "elefante blanco" para echármelo sobre los hombros». Pese a su manifiesta coquetería, nunca ocultada, Palacio Valdés valora, en esta carta, por encima de la vanidad, «el afecto que usted me demuestra».

La segunda epístola está fechada el 20 de agosto en Cap Breton, nada más arribar a su residencia francesa de veraneo tras darse el baño de gloria popular en Avilés. Palacio Valdés le reitera a Orbón el agradecimiento por «tanta amabilidad como me ha dedicado», asegurando, emocionado, que «no olvidaré nunca los días placenteros que pasé en esa villa tan llena para mí de recuerdos imborrables». Y no se muestra parco a la hora de reconocer la deuda que cree haber contraído con su segunda patria: «Mi gratitud será eterna para el pueblo que me colmó de inmerecidos agasajos y para los beneméritos constructores del teatro, cuyo rasgo delicado tendrá siempre un lugar predilecto en mi corazón».

Ese año de 1920 lo redondearía Palacio Valdés el 12 de diciembre al tomar posesión de su sillón en la Real Academia Española, que llevaba esperando por el escritor catorce años.