LA NUEVA ESPAÑA - EDICIÓN AVILÉS

Atanasio, el Palacio Valdés poeta

JOSÉ LUIS CAMPAL FERNÁNDEZ

El apellido Palacio Valdés, señal de prestigio literario y sinónimo de familia acomodada y terrateniente, no conformaría en sus orígenes un todo. Hablar en Asturias del sello Palacio Valdés es hacerlo de una parte importante de la novela de entre siglos, y es referirse a Armando Palacio Valdés, el primogénito que en diciembre de 1923 logra que el Ministerio de Gracia y Justicia autorice a sus descendientes a usar conjuntamente el apellido Palacio-Valdés.

Pero no fue Armando hijo único, a pesar de que se identifique el patronímico con su figura, si bien es cierto que de todos sus hermanos fue quien más méritos reunió. Pero reducir el marchamo Palacio Valdés al autor de Marta y MaríaEl cuarto poder, aunque no sea quitarle el más mínimo mérito a la imaginación y el esfuerzo narrativo de su autor, oscurece la inclinación literaria de los otros dos hermanos: Leopoldo y Atanasio Palacio Valdés.

A los tres pareció unirles una predisposición por la carrera de leyes y la literatura, si bien las semejanzas terminan pronto para dejar paso a las diferencias. Mientras que Armando apenas llevó su aprendizaje jurídico más allá de la enseñanza esporádica en Madrid y Oviedo durante un cortísimo lapso temporal y cubriendo sustituciones; y mientras que Atanasio ejerció la abogacía, como nos dice el erudito asturiano Españolito, «sin gran entusiasmo», el caso del alevín de la familia, Leopoldo Palacio Valdés, fue distinto, ya que se doctoró en Derecho por la Universidad de Oviedo en mayo de 1890 con un trabajo que llevaba por título La idea de Nación. Y si Armando y Atanasio apenas demostraron pasión judicial, Leopoldo tomó otros derroteros y, pocos meses antes de su temprana muerte por enfermedad a los 25 años (1892), abrió un bufete en Pola de Laviana. Frente a lo prematuro de su fallecimiento, tenemos la longevidad de Armando, sólo truncada por las penurias alimenticias del cerco madrileño de la guerra civil. Atanasio sobrevivió también varios años más a Leopoldo, que fue apadrinado en la pila bautismal por su hermano mayor y recibió ese nombre en homenaje a Clarín. La buena salud del afamado novelista, que le permitió llegar a octogenario con leves achaques y en una condición física envidiable, contrasta con la ceguera que postró a su hermano Atanasio en el último tramo de su existencia.

En lo literario las diferencias marcan, igualmente, distancias: si Armando se consagró, primero a la crítica y luego al cuento y la novela, Atanasio lo hizo, por su parte, a la poesía y el teatro. Armando escribió únicamente en prosa y en español, y Atanasio lo hizo en verso, alternando las dos lenguas de Asturias, el castellano y el bable. Armando tiene su currículo orlado con una treintena de títulos, en tanto que Atanasio y Leopoldo nunca pudieron ver recogidas en forma de libro sus colaboraciones literarias. A Armando le sonrió bien pronto la fama, pedestal al que nunca se alzó Atanasio, y mucho menos Leopoldo, que, además, fue el único que empleó seudónimo para firmar sus textos, los cuales no aparecieron en periódicos importantes, salvo alguno que reprodujo El Carbayón. Por si fuera poco, Armando vivió de la pluma, de las obras que salieron de su cabeza, quedándoles a Leopoldo y Atanasio la compensación de ver sus escritos en letras de molde; si Armando concibió la literatura como un cuenco en el que ir volcando todo cuanto pretendía comunicar, para Atanasio quedó su alcance reducido a válvula de escape. Así las cosas, no es de extrañar que Armando sea el Palacio Valdés por antonomasia y Leopoldo el Palacio Valdés invisible, quedando para Atanasio la mácula de erigirse en el otro Palacio Valdés, en el autor semidesconocido.

Atanasio Palacio Valdés es el hermano netamente avilesino del famoso novelista Armando, puesto que vino al mundo en la Villa del Adelantado un 2 de mayo de 1856. A pesar de vivir en Madrid, mantuvo contacto con su región natal, ya que aquí pasó varios veranos y, cuando muera, en diciembre de 1919, su esposa y su hija Martita abandonarán la capital de España para instalarse en Asturias.

La vida de Atanasio Palacio Valdés se desenvolvió en el terreno de la administración y las instancias gubernamentales tras probar suerte en el Ejército. Fue secretario del Gobierno Civil de Soria y Pontevedra, y gobernador civil de Orense, ejerciendo también en el Ministerio de la Gobernación en calidad de archivero-bibliotecario, cuerpo en el que llegaría a inspector.

La actividad netamente literaria de Atanasio no se puede deslindar, en lo que a mecenazgo se refiere, de una publicación señera en el panorama cultural de la Asturias del último tercio del siglo XIX: Revista de Asturias, una empresa en la que, como afirma Manolo Avello, se analizaron los problemas de la región y de fuera de ella «con sentido hondo y riguroso». En Revista de Asturias aparecieron las dos piezas poéticas conocidas de Atanasio: el romance bable «Carta de Perico a Carmela», que se incluyó en su n.º 34, correspondiente al 5 de octubre de 1878; y el poema legendario en español titulado «La lealtad y el honor», que, por su gran extensión, hubo de ofrecerse en tres entregas, entre los meses de febrero y octubre de 1880. La hoja de servicios de Atanasio la completaría La suegra de Timoteo, un juguete cómico en verso escrito al alimón con otro asturiano, Álvarez Mijares, y que se estrenó en 1899 en el madrileño Teatro de la Comedia «con buen éxito», como señaló al día siguiente El Imparcial.

En «Carta de Perico a Carmela», demostrando una destreza natural en la utilización de la lengua vernácula, Atanasio aborda el problema de la guerra en tono sentimental y nostálgico, y lo hace por boca de un mozo de Canzana mandado a luchar a Cuba. Así de contundente y gráfico se expresa el desgraciado soldado: «Cuanta pierna se taraza, / cuanta costiella se quiebra, / cuantu llombo s'estocina, / cuanta corada s'arranca, / cuanta mollera se fiende / y cuantu cuayu se maya. / Entre fumu y polvarea / paez qu'isti mundo s'acaba / y nin s'oyen les trompetes / nin la voz del que nos manda: / sólo s'escucha un xiblíu / que mete el fuelgu n'el alma».

El elemento paisajístico es fundamental en una composición como ésta de Atanasio que se enmarca en la romería de Canzana, y que arranca con la siguiente descripción costumbrista: «Ye la fiesta del llugar / que tien per nombre Canzana, / pueblu muy afayadizu / fincáu en una montaña./ Ya les campanes repiquen, / ya del tambor y la gaita / el xirigateru son / fai revuelvos en el alma; / ya gufen los volaores / y estallen pe la quintana; / ya los mozos y les moces / van á llevai á la santa / ramos en llenos de cintes / y rosques de pan d'escanda».

«La lealtad y el honor», por su parte, es una leyenda protagonizada por miembros de la nobleza, un poema de acento señorial y aroma medieval en el que Atanasio encumbra la defensa racial de la patria con recursos propios del Romanticismo; un poema cuya acción se emplaza en la parroquia de Lorío, donde «a orillas del río Nalón / cerca del pueblo de Inguanzo, / en la espesura de un bosque / y del bosque en lo más alto, / yergue altivos sus torreones / los cielos desafiando, / el castillo de Lorío». Sus más de setecientos versos se dividen en tres partes: «Las bodas», «La partida» y «La catástrofe». Tras la festividad nupcial del dueño del castillo, surgen en la segunda parte las dudas por el destino infausto y la lujuria avistada por la recién casada en la mirada del rey, quien trata de apartar a los desposados, ordenando al marido «partir al punto á luchar / contra la hueste agarena / que en Asturias quiere entrar / de Tarna por la garganta». La última parte se concentra, por un lado, en el enfrentamiento entre cristianos y musulmanes, episodio que el poeta dibuja con gran vivacidad y conocimiento de la estrategia militar; y por otro, en la consumación de la afrenta sexual con el consiguiente lavado del honor.

Hoy, Atanasio Palacio Valdés apenas es una sombra, un pálido reflejo. Su memoria literaria quizá demandara una rehabilitación, porque, a la vista queda, hubo más de un Palacio Valdés.