LA NUEVA ESPAÑA - OPINIÓN
Armando Palacio Valdés en la Real Academia
JOSÉ LUIS CAMPAL FERNÁNDEZ
Hace un siglo, el domingo 6 de mayo de 1906, los académicos de la lengua eligieron al narrador asturiano Armando Palacio Valdés (Entrialgo, Laviana, 1853-Madrid, 1938) para ocupar el sillón que, a su muerte, había dejado vacante el escritor cántabro José María de Pereda, fallecido en Santander, de modo casi repentino, a la una y media de la madrugada del día primero de marzo.
Ese año de 1906 fue pródigo en reconocimientos para Palacio Valdés: su novela Tristán o el pesimismo fue recibida muy favorablemente, y a propuesta de los estudiantes y profesorado de la Universidad de Oviedo fue homenajeado en el teatro Campoamor el jueves 5 de abril con intervención de grandes intelectuales del momento como Félix de Aramburu y Zuloaga, Fermín Canella Secades, Rafael Altamira o el joven Ramón Pérez de Ayala, que se contaba entre los impulsores de la iniciativa. A pesar de haber sido todo ello gratificante, la guinda la pondría su entrada en la Real Academia Española (RAE), donde tardaría, no obstante, en leer su discurso de ingreso, que no se verificaría hasta 1920. Acerca de los pormenores de la presentación de su candidatura, el sacerdote e impulsor de los sindicatos católicos agrarios Maximiliano Arboleya desgranó algunos en su artículo «Impresiones y recuerdos», aparecido en la primera página de El Carbayón, consagrada por entero a Palacio Valdés el día del homenaje ovetense en el Campoamor.
Arboleya se refiere, al principio de su artículo, al asturianismo del famoso escritor: «En casi todas sus novelas es fácil encontrar jirones de esta tierra, si es que no es netamente asturiano cuanto allí se pinta». Y anota una obviedad para nuestros días: «En Asturias colocó Palacio Valdés el escenario de muchas de sus admirables narraciones». Alude luego, de seguido, a sus visitas estivales al lugar de sus mayores: «Casi todos los años viene a pasar una temporada entre nosotros, al pintoresco, alegre y hermoso valle de Laviana, donde recorre a diario, saboreando con la vista bellezas tan encantadoras, montes, prados y oteros que tantas veces recorriera de niño. Alguna vez le acompañé yo en esas correrías y pude observar hasta qué punto siente Palacio Valdés la naturaleza».
Tras ejemplificar su campechanía con un gesto que tuvo al aparecer en las librerías, a principios de 1906, Tristán o el pesimismo -consistente en obsequiar en su domicilio «con un refresco a siete u ocho hijos de Laviana que viven en Madrid y que nada tienen que ver con la prensa»-, Arboleya hace un retrato moral del escritor que remite a su falta de ambición para arrogarse méritos por caminos sospechosos: «Para abrirse camino jamás contó más que con su propio esfuerzo, mira con soberano desdén los elogios inconscientes de plumas mercenarias, manejadas por seres incapaces de sentir las irradiaciones de la belleza; ese proceder de Palacio Valdés explica admirablemente el trabajo que le costó llegar a la cumbre de la gloria en que hoy le contemplamos satisfechos. Al autor de La aldea perdida le agradan, como es natural, los elogios de las personas competentes e imparciales, y sé yo que sabe agradecerlos; pero es demasiado artista para que ciertos panegíricos, cuyo origen es bien conocido, le seduzcan».
Arboleya habla en el artículo, con extensión y tomando su experiencia directa con el novelista. Así nos da cuenta de los primeros pasos dados para presentar la candidatura de Palacio Valdés a la RAE: «Hace unas semanas llegué yo a su alegre despacho de la calle de Alcalá y en el rato que pasé en la agradable compañía del maestro, diome éste cuenta de dos cartas que acababa de recibir. Una de ellas firmábala un ilustre académico y en ella se pedía a Palacio Valdés autorización para que Menéndez Pelayo, Picón y otros pudieran presentar en la Academia Española la candidatura del autor de Tristán, en la vacante de Pereda».
Las solicitudes no eran nuevas, pues en otras ocasiones le habían pulsado, pero como el autor lavianés rehuía optar a las plazas existentes, se entendía que renunciaba, expresamente y por anticipado, a toda posibilidad de ser académico. Arboleya lo cuenta así: Palacio Valdés fue indicado varias veces para ocupar un sillón en la Academia. Pero nuestro novelista no dio un paso para que le contasen entre los inmortales. En vista de que él no se movía, Pérez Galdós le escribió hace algún tiempo una carta pidiéndole autorización para presentar su candidatura en cierta vacante. Palacio Valdés, con gran sorpresa del autor de Gloria (me contó el caso con todos sus detalles un íntimo de Galdós), le contestó en resumen que agradecía en el alma la atención, que en el sentido indicado hiciese lo que quisiera, pero que con él no se contase ni poco ni mucho para trabajar la elección, buscando votos». Ahí surgió la confusión de que Palacio Valdés no apetecía ser académico de la lengua: «Galdós, que sabía bien lo que algunos han tenido que hacer para ingresar en la Academia, consideró la respuesta de Palacio Valdés como una negativa, y así se ha formado la creencia entre algunos elementos de que el insigne novelista asturiano no era académico porque no quería serlo, cuando lo que no quiso nunca ni quiere ni querrá jamás el autor de José es pedir elogios ni honores».
Pero a Palacio Valdés, coqueto en el fondo, le entraron ganas de suceder a Pereda y cuando el gran erudito santanderino Marcelino Menéndez Pelayo le sondeó, aceptó, para sorpresa de otros académicos, que pudiendo prestarle su apoyo a Palacio Valdés ya se habían comprometido con otro candidato, un catedrático de la Universidad Central de Madrid de avanzada edad llamado Codera. Fueron a pedirle al asturiano que se retirase para dejar libre el paso a su oponente, a lo que contestó, según Arboleya, lo siguiente: «Yo no puedo retirar mi candidatura porque no la he presentado. Varios amigos me pidieron autorización para presentarla y yo la concedí gustoso, pues, aunque no me ilusionan esas cosas, no quiero que se me tenga por demasiado orgulloso, y además no he de negar que me halagaba bastante la idea de ocupar el sillón de Pereda». Luego, sin consultar a quienes le postulaban, Palacio dio un calculado, aunque algo arriesgado, golpe de efecto («travesura» la llama cándidamente Arboleya), enviando «varias cartas diciendo rotundamente a sus amigos y a los amigos del Sr. Codera que desde luego se retiraba de la lucha, que esperaría gustoso otra vacante, que ahora debía ser elegido el ilustre orientalista de la Central». El resultado no se hizo esperar, como nos informa Arboleya: «Apenas supo el Sr. Codera que se presentaba el nombre de Palacio Valdés, decidió que se retirase el suyo de la lucha, creyendo de estricta justicia que al maestro sucediera el maestro, al autor de La puchera el autor de La aldea perdida».
Así fue como, despejado de todo obstáculo (por mínimo que fuera) el camino, el pleno de la RAE designaría en mayo de hace un siglo a Armando Palacio Valdés para ocupar el sillón k minúscula. Un avilesino de adopción entraba en la docta institución.