LA NUEVA ESPAÑA - OPINIÓN

Palacio Valdés, entre Laviana y Avilés

ALBERTO DEL RÍO LEGAZPI

El ilustre e ilustrado escritor Armando Palacio Valdés nació en Pola de Laviana -en el barrio de Entralgo, aquel de tan cristalino aire como de Nalón tan húmedo- y está enterrado en el monumental cementerio de Avilés. Esto es histórico por bien sabido.

Lo que ya no es tan conocido es que en Asturias hay dos Lavianas: una, la de la Pola referida, y otra, la ubicada a la vera de la ría de Avilés y que oficialmente responde al nombre de parroquia de Santa Leocadia de Laviana, aunque el personal siempre la ha llamado, con su calculada economía descriptiva, Laviana. En ambos casos fijémonos que siempre nos referimos al término Laviana, quitando la Pola o la Santa que los anteceden.

Esta «teoría de las dos Lavianas» es demostrativa de cómo un lugar geográfico -Laviana- actúa como un poderoso imán, vivencial y literario, para Palacio Valdés, que desde temprana edad tanto paseó en barca por la ría avilesina, un placer facilitado por circunstancias laborales de sus familiares, que trabajaban, entonces, en su encauzamiento. Desde el estuario avilesino -y muy cerca de ese milagroso, por misterioso, lugar llamado San Balandrán- el niño Armando divisaba un pequeño mirador donde se asienta la iglesia de Laviana.

La «teoría de las dos Lavianas» demuestra que el escritor es un soldador, que ni soñado, para fundir en hermanamiento -que lleva camino de ser oficial- entre la Pola de Laviana y la villa de Avilés. Es quizá por eso que determinadas y recónditas circunstancias, guiadas por el entusiasmo, la gastronomía (que siempre está al quite de todo acontecimiento que se preste), así como una química especial entre miembros de la Sociedad Económica de Amigos del País de Avilés y Comarca y algunos responsables culturales y políticos del Ayuntamiento lavianés. Todo lo cual está comenzando a fraguar en algo más que una amistad al uso. El asunto tiene ribetes de literatura histórica.

Estamos asistiendo a una afinidad demostrada entre los reinos del carbón, donde nació don Armando, y los del metal, donde yace enterrado -por propia decisión- el escritor. Y conviene no olvidar que ambos minerales transformaron y condicionaron, demasiado bruscamente, la historia de Asturias. Palacio Valdés lo predijo en «La aldea perdida», obra que constituye una denuncia contra el progreso brutal que destrozó la Arcadia feliz de los pequeños pueblos asturianos, y que ahora vemos que ha revertido, después de ser objeto de una tremenda y penosa reconversión industrial.

La «teoría de las dos Lavianas», aquí brevemente expuesta, contempla todo esto y es una clara demostración de cómo el espíritu del escritor, repartido entre dos ciudades, reverdece de nuevo y pone sobre el tapete aquello que escribió en «Maximina»: «Haz siempre lo que te salga del corazón (como ahora) y no temas equivocarte».

Veo a Palacio Valdés compartido, con mucha amistad, entre Laviana y Avilés. Y esa marea sigue subiendo.