LA NUEVA ESPAÑA - OPINIÓN

Cómo viste Palacio Valdés a las mujeres

JOSÉ LUIS CAMPAL FERNÁNDEZ

Completo con esta segunda incisión la atención que el escritor realista presta en sus novelas del ciclo lavianés a la forma en que van vestidos sus personajes y que no es una apuesta narrativamente intrascendente, como tuve ocasión de extenderme, hace ahora un año en el segundo simposio que se le dedicó en Entralgo al autor de cuentos tan deliciosos como «¡Solo!». La pasada semana nos introdujimos en la manera en que externamente se cubrían los personajes masculinos. Acerca de los femeninos, representados básicamente en la mujer del medio campesino, a la que concede el protagonismo central y casi único de su observación, en la última novela de Armando Palacio Valdés («Sinfonía pastoral», ambientada en la localidad de El Condado) hay una descripción de la vestimenta de las muchachas solteras bastante mañosa, que permite una reconstrucción fidedigna del aparato indumentario. He aquí un pasaje sobradamente explicativo: «Angelina vistió la falda de merino negra con delantal de seda verde, el justillo de seda roja, el pañolón de burato anudado por detrás a la cintura, y el pañolito de seda encarnado, atado con gracioso nudo sobre la cabeza al estilo aldeano, doble collar de corales en la garganta, zapato negro descotado y media blanca».

Es «Sinfonía pastoral» una novela modesta (la escribió en el ocaso de su vida un Palacio Valdés artísticamente mermado) pero de agradable lectura para un etnógrafo o antropólogo por las muchas noticias que sobre la vida tradicional asturiana suministra. ¿Son todas ellas cosecha del propio autor, que las recolectaría en sus visitas y estancias veraniegas en el concejo lavianés? Más bien pensamos que el escritor, que estaba en comunicación con los más descollantes investigadores del folclore regional del momento (desde Constantino Cabal y Fermín Canella hasta Braulio Vigón o Fausto Vigil, quien publicó un artículo titulado «El traje regional asturiano» en 1924, es decir, seis años antes de la aparición de «Sinfonía pastoral»), se nutrió de fuentes documentales contrastadas, que fue un trabajo de gabinete más que de campo, más allá de lo que él pudiera recordar de su trato con sus amigos lavianeses.

El acercamiento que lleva a cabo Palacio Valdés a estas cuestiones es más que pronunciado, dado que no se olvida de mencionar prácticamente ninguno de los componentes de la vestimenta que empleaban nuestros tatarabuelos. Además, no es lo mismo, para las mujeres del medio agropecuario de esa época, llevar lujosas ropas como aldeana que portarlas como miembro de la clase dominante, y de subrayarlo se ocupa el novelista al indicarnos en «La aldea perdida» que «las amigas de Demetria, aunque se mostraban alegrísimas y no cesaban de pellizcarla y empujarla para dar testimonio de ello, ocultaban, no obstante, en el fondo de su alma una amarga decepción. Todas habían contado hallarla vestida de señorita».

No dirige Palacio Valdés sólo su lupa a los textiles, puesto que también tienen su espacio en las novelas lavianesas los adornos que lucen las mujeres de la zona durante la segunda mitad del siglo XIX, y que tienen su impacto entre quienes comparten con ellas faenas y aspiraciones. En «La aldea perdida» se aprecia muy bien cuando el narrador nos indica que una moza «peinó su cabellera soberbia; la cubrió después a medias con un pañuelo de seda azul, cuyos flecos le caían graciosamente sobre la frente; colgó de las orejas los pendientes de aljófar que su padre le había traído recientemente de Oviedo; ciñó su garganta con tres sartas de corales; apretó su talle con el justillo de cien flores y cordones de seda torzal; se puso el dengue de pana, la saya negra de estameña, la media blanca, el zapato de becerro fino...».

No siendo «La aldea perdida» muy pródiga a la hora de explayarse en estas cuestiones, donde nos encontramos con párrafos como el que acabo de transcribir, sí da, por el contrario, más autoridad a las pretensiones internas del autor. Como ya afirmé en otro foro, esta riqueza ornamental desplegada por el escritor está generalmente referida a las mujeres de aldea, pero a las pertenecientes a familias de economías domésticas saneadas o pudientes, que provocan en el resto de la comunidad femenina una soterrada envidia y una desmesurada fascinación hacia sus ropas y abalorios, detrás de lo cual se advierte un deseo de igualación social.

En contrapartida a este interés del escritor por no desviarse de los cánones, tendríamos el hecho de que, a la hora de trasladarnos los ropajes que va atribuyéndoles a sus personajes, lo hace sin innovar, copiándose casi a sí mismo de una obra a otra. ¿Por qué lo hace? ¿Está seguro de que, con lo dicho en novelas anteriores, ya nada queda por decir, o será un rasgo de apatía estilística en un escritor al que la forma, por momentos, le importa bien poco? Es una cuestión que está por dilucidar. Uno sólo la pone sobre la mesa, y lo hago, como no podía ser de otra forma, mediante dos ejemplos acerca del traje de fiesta de los hombres: al comienzo de «La aldea perdida», escribe que un joven «vestía calzón corto y media de lana con ligas de color; chaleco con botones plateados, cargaba del hombro la chaqueta de paño verde, sobre la cabeza la montera picona de pana negra y en la mano un largo palo de avellano». Y casi dos décadas después, en su libro de memorias «La novela de un novelista», al reconstruir su infancia en Entralgo, escribe que los vecinos de Canzana iban «vestidos con el traje de fiesta, la tosca camisa blanquísima, el calzón corto de paño con botones plateados, la chaqueta al hombro, enhiesta la picuda montera de pana». Podrá decirse lo que se quiera, pero lo que resulta innegable, a menos que uno sea un incondicional miope del autor que no pudo lograr el Nobel a pesar de proponerse su candidatura por dos veces, es que estos dos fragmentos se parecen como dos gotas de agua. De darse esta circunstancia en otros escritores hablaríamos de pobreza expresiva. ¿Por qué no reconocer que, en más de una ocasión, Palacio Valdés también estuvo aquejado de tal infección?.