LA NUEVA ESPAÑA

Cómo viste Palacio Valdés a los hombres de Laviana

JOSÉ LUIS CAMPAL FERNÁNDEZ

Los escritores realistas del siglo XIX atienden a las múltiples facetas de la sociedad circundante, y en este particular no es baladí que dirijan su objetivo a la forma de vestir de sus criaturas de ficción, ya que la indumentaria ha sido, desde siempre, para quien la lleva, un elemento diferenciador que fija su lugar en el mundo que habita, proporcionando, del mismo modo, informaciones muy suculentas para el lector sobre la composición psicológica del personaje dentro del marco argumental.

En sus novelas lavianesas, Armando Palacio Valdés nos transmite los variados tipos de vestimenta utilizados según las situaciones en que se encuentren sus usuarios, que no son otros que los campesinos y demás integrantes del medio agropecuario.

La indumentaria constituye un aval distintivo de clase social y, en algunos casos, ciertos gestos realizados por intermediación de partes integrantes de la vestimenta se hallan cargados de significación, extremos ambos que comprobamos en dos pasajes relativos a la forma de cubrirse la cabeza y que atañen tanto a las clases altas como a las bajas.

El primero de ellos corresponde a su ópera prima, El señorito Octavio (1881), donde ese elemento del atuendo diario indispensable en nuestros antepasados, el sombrero, representaba una multiplicidad de significados que apuntaban fundamentalmente a la superioridad jerárquica: «A propósito de los sombreros de copa, hay que decir que en Vegalora sólo había siete personas que lo gastasen a diario, entre las cuales se contaban el licenciado Velasco de la Cueva, el juez, don Ignacio Valcárcel, y el caballero de las patillas blancas, que ahora da las buenas noches a los presentes con una reverencia protectora que indica claramente la enorme respetabilidad de que gozaba» (la cursiva es mía).

De la clase dirigente pasamos al pueblo llano y en La aldea perdida (1903) encontramos una escueta pero singular acotación sobre la montera, el gorro de siete piezas empleado en ocasiones especiales y con el que sus propietarios, al ajustárselo a la cabeza, manifestaban, al mismo tiempo, la firmeza de sus actuaciones, como observamos cuando el narrador nos indica que un personaje terció «la montera para dar testimonio visible de aquella resolución» (la cursiva es mía).

A propósito de la montera y sus dos variedades (picona y de ala caída), nos hace saber el escritor en su novela crepuscular Sinfonía pastoral (1931) cómo van cambiando los tiempos, y al referirse a un personaje subraya que «la primitiva montera de pico caído ya en aquella época estaba casi proscrita de las aldeas de Asturias».

Por las páginas palaciovaldesanas desfilan, con bastante pormenor, los usos que los labriegos les dan tanto a los rústicos y rudimentarios ropajes que se enfundan para las faenas cotidianas como a aquellos otros que lucen cuando bajan a la capital del concejo a resolver asuntos de variada índole.

Sin embargo, el escritor lavianés -que naciera un día como hoy de hace 153 años- se concentra con mucha más donosura en los atuendos, tanto de los varones como de las mujeres del campo, destinados para las fechas importantes que marcan el calendario social de la vida popular, y que serían las celebraciones patronales sacras o profanas, y los oficios religiosos dominicales. La decantación del narrador por la indumentaria tradicional -extensible a toda la comunidad con la salvedad de la riqueza y calidad de materiales y la mayor o menor habilidad en la confección- vendría dada, supongo, porque le procuraría, en teoría, un mayor lucimiento en la exposición de singularidades.

En El idilio de un enfermo (1883), la llegada de la concurrencia a la romería es presentada por el autor por medio de una imagen reconcentrada marcada por la densidad y la concisión (decir mucho con las menos palabras posibles): «Las mujeres vestidas la mayor parte de tela de estameña negra, pañuelos de color a la garganta y la cabeza cubierta con mantilla de franela; los hombres detrás, con chaqueta de bayeta verde o amarilla, calzón corto de pana, medias blancas de lana sujetas por ligas de color».

En otros capítulos de esta misma novela, el creador asturiano nos amplía, con más detalle, el vestuario de cada sexo. Del hombre joven soltero nos dice: «Subió a su cuarto para vestirse el traje de los días de fiesta, el calzón corto de paño verde con botones dorados de filigrana, el chaleco floreado, la blanca camisa de lienzo que la tía Agustina había hilado con sus manos primorosas; ciñó a sus pies los borceguíes de becerro blanco, cubrió su cabeza con la montera picuda de terciopelo, echó en seguida sobre sus hombros la chaqueta; tomó su palo».

Este conjunto de prendas masculinas, como en el caso de las de la mujer, estaba orientado a favorecer el cortejo, es decir, a captar y subyugar a su pareja, aunque en las novelas lavianesas de Palacio Valdés nos topamos con casos de solitarios meditabundos cuyos ropajes y complementos, más que buscar el presumir, resultan una exteriorización convincente de mundos interiores a los que el autor da salida por analogía con su forma de vestirse.

Así lo subraya el narrador en este pasaje de La novela de un novelista (1921), donde vuelve a referirse a la montera: «Su montera no tenía pico enhiesto sino doblado como si quisiera indicar que era un hombre pacífico, que no se nutría de bagatelas como los demás, que rechazaba los placeres fútiles y se hallaba entregado en cuerpo y alma a meditaciones graves y extramundanas».

El modo en que se vestían las mujeres del medio rural lavianés no lo desatenderá tampoco el escritor de Entrialgo, pero esa miga se la extraeremos, aunque sea de un modo superficial, la próxima semana.