LA NUEVA ESPAÑA - OPINIÓN

Sobre centenarios y otras efemérides

JOSÉ MARÍA MARTÍNEZ CACHERO

Creo que se llamaba José Vega el redactor o colaborador de un longevo diario madrileño que en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX ofrecía a modo de recordatorio una lista de las principales efemérides culturales y políticas que cumplirían uno o más siglos a lo largo del año en curso y que debían ser celebradas oportunamente; curiosa manera la suya de adentrarse en el futuro inmediato con semejante mirada al pasado lejano: los tres segmentos temporales de pasado, presente y futuro aparecían así transitoriamente enlazados. La medida secular -los cien años cumplidos, hechos y derechos- se imponía abiertamente en esta clase de recordaciones como especie privilegiada o casi, pero de entonces acá comenzaría a sentir la competencia de otras de extensión menor y de este modo salen al paso el medio y el cuarto de siglo, la docena de años y la década o, también, cifras redondas acabadas en cero como ha ocurrido en 2006 con los setenta años cumplidos de la guerra civil española. En el ámbito literario -que es el propio de estos «trabajos y días»- protagonizan esas evocaciones circunstancias como el nacimiento de un escritor o su muerte, la publicación de un libro que se ha hecho famoso, la concesión de un premio de la envergadura del Nobel y un largo etcétera.

Volviendo a los centenarios (nuestro punto de partida), doy por válida la clasificación y consiguiente denominación establecida por el catedrático Ángel Valbuena Prat, quien se refería a «Centenarios del Fuego» -del entusiasmo, del fervor-, «Centenarios del Viento» -crítica, reacción, cambio del gusto- y «Centenarios del Hielo» -fría y académica obligación oficial-, de acuerdo con la pasión máxima, mediana o nula que los animara y que no siempre dependía de valores puramente estéticos, pues otros hay, colaterales diríamos, que en ciertos momentos presionan lo suyo.

El número cumbre de una conmemoración literaria que se precie suele ser un congreso o reunión de especialistas en el asunto abordado que aporten científicamente novedades de algún calibre, si bien no siempre es oro todo lo que reluce y sí, además, ocasión para la amistad, estrechar lazos, excursionar e incluso echar una cana al aire, pues no todo ha de quedarse en lucir docta erudición. Añádase que un congreso bien llevado supone a veces un notable vuelco o cambio en la estimación de un escritor o en la consideración de una obra.

Pasando de la teoría general a la práctica concreta, séame permitido apoyar aquélla con alguna ejemplificación procedente de la propia experiencia. El recuento centenarial, forzosamente breve, comienza en 1942 -estudiante de Filosofía y Letras quien esto escribe en la Universidad de Oviedo-, año en el que coincidieron nada menos que tres centenarios de bien distinta importancia y fortuna, a saber: el cuarto de la muerte del poeta Juan Boscán, amigo y colaborador de Garcilaso de la Vega, oscurecido por la fama de éste y que pasó sin pena ni gloria; el primero del fallecimiento del poeta José de Espronceda, una de las cumbres de nuestro romanticismo, liberal y revolucionario, para algunos una especie de Byron español, comentado y editado en semejante oportunidad en la que tuvo la mala suerte de verse obligado a una competencia con San Juan de la Cruz, cuyo cuarto centenario del nacimiento fue celebración esplendorosa y abundante, coronada por la salida a los escaparates de un excelente libro de Dámaso Alonso, «La poesía de San Juan de la Cruz», editado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, organismo oficial, y propagandeado por el autor en conferencias por toda España, desde luego, magistrales -quien las oyó, lo sabe-. La poesía sanjuanista quedaba definitivamente incluida en el canon literario merced a Dámaso y éste -mediando su libro- se consagró como perspicaz y sensible crítico de poesía.

En el espacio de tiempo que va de 1944 a 1953 cayeron celebraciones de esta índole relativas a tres escritores asturianos, cada cual a su modo, nombres harto prestigiosos de nuestra literatura: Gaspar Melchor de Jovellanos -1944, segundo centenario de su nacimiento-, Leopoldo Alas «Clarín» -1952, primero del nacimiento- y Armando Palacio Valdés -1953, por igual motivo-.

Quizá para algunas gentes de entonces aún no estuviera satisfactoriamente aclarada la ortodoxia católica del primero y no atendiesen el juicio de Menéndez Pelayo a favor de quien éste consideraba «el español más honrado e ilustre del siglo XVIII, alma heroica y hermosísima, quizá la más hermosa de la España moderna», pero con todo hubo artículos y conferencias, más bien divulgativos, en apreciable cantidad y un par de libros debidos a paisanos del homenajeado: la biografía «Grandeza y desventura de don Gaspar Melchor de Jovellanos», obra de Joaquín A. Bonet, «páginas de homenaje a la más alta mentalidad de Asturias» y, por lo mismo, llenas de admiración y respeto, y la interpretación de la personalidad de Jovellanos que supo «mantener (en su tiempo) los grandes ideales de la raza y los principales fecundos de la tradición española», a cargo de Jesús Evaristo Casariego, en «Jovellanos o el equilibrio», muestra la actitud beligerante entre tirios y troyanos y representación de «la nueva generación española que hizo y ganó la Cruzada a impulsos ideales y sentimientos tan vinculados y cercanos a las nobilísimas inquietudes del gijonés impar».

No menos controvertidos que fueran en otra edad el nombre y la obra de Jovellanos aparecían en 1952 los de Alas, sobre todo en una ciudad como Oviedo -la Vetusta de «La Regenta»-, maltratada por el autor de esa novela, ciudad rencorosa todavía hacia su implacable cronista y cargada esa relación por dolorosos acontecimientos recientes; con todo, la efeméride no pasó desapercibida -de sus hechos y dichos dejé constancia escrita un año después-. Creo que pese a las desfavorables circunstancias habidas fue entonces cuando comenzó, aunque tímida y modestamente, un proceso de valoración clariniana creciente en España y más allá de nuestras fronteras, hasta alcanzar hoy un nivel de considerable exaltación.

Para algunas personas más partidarias de Alas, peligroso librepensador según creían, su amigo Palacio Valdés se constituyó en el bueno de la pareja y a ponderar sus méritos se dedicarían en 1953, año en que se festejaban los cien de su nacimiento en Entralgo (Laviana), objetivo sostenido en sus trabajos celebratorios, si bien no faltó un atrevido discrepante que desde las columnas de LA NUEVA ESPAÑA trataría de señalar lo menos valioso del afamado autor de «La aldea perdida». Alguna erudición asturianista se entretendría al tiempo en dilucidar polémicamente sobre si Cudillero o Lastres correspondían en la imaginación de don Armando al Rodillero de su novela «José».

Acaso bastan los ejemplos aducidos para dejar patente que en el juego de los centenarios completos y de las restantes celebraciones puede producirse una cotización de los valores literarios fluctuante, con subidas y bajadas traídas por el paso del tiempo y el peso de las circunstancias, junto al mantenimiento de estados críticos sin variación ostensible, más seguras e inmutables. De este especie dan muestra las celebraciones cervantino-quijotescas, más de media docena referidas a Cervantes o a su novela en el tiempo a que me he circunscrito, desde 1947 (cuarto centenario del nacimiento alcalaíno del escritor) hasta el recentísimo 2005 (ídem respecto de la publicación de la primera parte del «Quijote»), cuyo eco permanece todavía como acreditan sendos volúmenes colectivos con el patrocinio de la Universidad de Alicante. Envidiable generosidad la de Miguel de Cervantes, piensa uno, que aguanta conforme las exploraciones de tanto sedicente admirador que encuentra un hueco, no importa sea chiquito, en la gigantesca masa bibliográfica existente para hacer acto de presencia entre cientos y miles de colegas. Cualquier sea la efeméride en cuestión -centenario o pedazo de tal-, cabe proclamar su pertinencia, pues ellas avivan o conservan el fuego sagrado de la literatura y mantienen entretenido al personal especializado...